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¿Es la abolición del celibato una solución a la crisis en la Iglesia? (+vídeo)

Fecha de publicación:   2019-09-02
Autor:   ВВП

 

¿Es la abolición del celibato una solución a la crisis en la Iglesia?

 

Estimados obispos y sacerdotes:

¿Qué les diría hoy el apóstol Pablo sobre la solución de la crisis en la Iglesia mediante la abolición del celibato? Primero escucharía todos sus argumentos sobre la explosión de la pedofilia, la homosexualidad y una crisis moral, y luego les diría a ustedes: Siendo apóstoles de Cristo, sois enviados a abrir los ojos de la gente para que se convierta de las tinieblas a la luz y de la potestad de satanás a Dios; para que reciba perdón de los pecados por la fe en Jesús (v. Hch 26, 18). ¡No pueden estar en unidad con el pseudopapa Francisco que legaliza el pecado, el homosexualismo e incluso la brujería! ¿O quieren, siendo en unidad con él, solucionar la crisis en la Iglesia sin arrepentimiento? Aboliendo el celibato no se convertirán en sacerdotes santos. ¡Hoy la Iglesia y el mundo les necesitan para su salvamento!

¡La solución a todos nuestros problemas está en Jesucristo Crucificado!

La Escritura pone al apóstol Pablo como ejemplo para un sacerdote célibe. No sólo era muy activo, sino también profundamente espiritual. Él dice: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Ga 2, 20). Les suplica a ustedes, obispos y sacerdotes: “Sed como yo”. Él era  consciente de la cruda realidad del pecado.En Romanos 7, va a fondo y dice: “Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”. Su más profunda exclamación espiritual es: “¡Miserable de mí!” Y luego pregunta con dolor: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Pero inmediatamente después agradece a Dios y confiesa que esto se realiza por medio de Jesucristo. En el capítulo 8, enfatiza que la ley del Espíritu de vida lo libró de la ley del pecado y de la muerte. El apóstol Pablo no era un hombre de acero que fuera inmune a la influencia del pecado tanto desde afuera como desde adentro. Ningún obispo, sacerdote o monje célibe tiene una excusa. Todos pueden seguir al Apóstol de las naciones. El apóstol Pablo es ante todo un ejemplo de la vida interior. Fundamentalmente unió la lucha contra el pecado con el esfuerzo para seguir a Cristo y alcanzar la unión con el Crucificado. La raíz del mal en el hombre, en otras palabras, el pecado original con sus lujurias y orgullo, es una realidad. Es absurdo tratar de abordar esta realidad aboliendo el celibato y ordenando a las mujeres primero a las diaconisas y luego a las sacerdotisas.

 

Nuestra vida es una lucha dura por la salvación de nuestra propia alma y la salvación de aquellos a quienes Dios nos ha confiado. Todo guerrero de Dios puede decir con el Apóstol a la hora de la muerte: “He peleado la buena batalla, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de gloria eterna” (cf. 2Tim 4, 7 s.)

¿Cuál es la solución para los sacerdotes hoy? ¡No estar solo! Hay que tener una familia espiritual, es decir, comunión fraterna. Esta comunión ¡debe perseverar en la doctrina de los apóstoles, y no en la teología herética! (v. Hch 2, 42) La oración, la Palabra de Dios y la comunión fraterna fue el programa de los primeros cristianos en Jerusalén.

Hoy en día, Internet y el espíritu del mundo detrás de él moldean las mentes de los sacerdotes, pero desafortunadamente no verticalmente. La verdadera autocrítica requiere que uno renuncie a Internet u otros medios en la medida en que son un obstáculo para la vida con Dios. El verdadero discernimiento, sin embargo, no es posible sin autocrítica y comunión fraterna.

Debe reconocerse que las generaciones de sacerdotes después del Vaticano II no han sido preparadas de manera verdadera y responsable ni para una vida personal con Cristo ni para la proclamación del evangelio completo.

Si un seminarista se sometiera a una formación espiritual profunda bajo la guía de un consejero espiritual experimentado y santo, sería un gran tesoro. Si dedicara dos horas diarias a la oración interior, desarrollaría un hábito de la oración. Incluso si después del seminario pasara tres años en un desierto como el apóstol Pablo y experimentara una profunda conversión como San Ignacio en la cueva de Manresa, aún no sería suficiente. Si un sacerdote quiere perseverar y resistir el espíritu del mundo, debe tener no sólo el Espíritu de Cristo, sino también la comunión fraterna. La comunión fraterna es el medio necesario para solucionar la crisis espiritual en la Iglesia. Un sacerdote debería pasar al menos un día y medio en comunidad con otros sacerdotes y deberían dedicarse a la oración y a la Palabra de Dios (cf. Hch 6, 4). Se reunirían el domingo por la tarde, para pasar tiempo en un desierto espiritual. El martes, después de almorzar juntos, partirían para sus parroquias. El programa para el primer día consiste de cuatro horas de oración interior (programa de oración interior: v. http://vkpatriarhat.org/en/?p=11486) con testimonios sobre lo que Dios ha revelado a cada uno personalmente durante la oración. Una de estas cuatro horas se dedicaría a la reflexión sobre la Palabra de Dios como preparación para la homilía dominical. La quinta hora de oración, de 8 a 9 pm., se pasa alabando y cantando al Señor. Durante estos dos días de oración, los sacerdotes están dispensados de la liturgia de las horas. (http://vkpatriarhat.org/es/?p=8878)

En cuanto al espíritu del Vaticano II, no abrió la puerta al verdadero arrepentimiento y la verdadera restauración de la Iglesia, sino más bien a la destrucción gradual de la Iglesia, que fue llevada a su culminación por el pseudopapa Francisco. Francisco elimina los principios morales universalmente válidos, así como los mandamientos de Dios. No sólo el cardenal Marx, pero toda la red homosexual en la Iglesia coopera con Bergoglio para llevar a cabo el proceso de destrucción. ¡Este camino conduce a la condenación eterna!

¡Incluso hoy, los medios para restaurar la Iglesia son los cuatro pilares básicos de los primeros cristianos: la oración, la fracción del pan, la doctrina de los apóstoles y la comunión fraterna! (Hch 2, 42)

 

+ Elías
Patriarca del Patriarcado Católico Bizantino
 
+ Metodio OSBMr                + Timoteo OSBMr
Obispos Secretarios

 

26 de agosto de 2019

 

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